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Bienvenidos a la página de Tensando la cuerda, segunda novela de Silvia Márquez Comino (una servidora) y, también, la segunda protagonizada por el «sarchén» Perales, después de Las pesquisas de un cadáver amnésico.

Esta vez, Perales no tendrá que resolver un único asesinato, ya que parece ser que, fuera quien fuera el que acabó con la vida de la primera víctima, un indigente bastante adinerado, se animó y comenzó a dar al pobre «sarchén» más trabajo del deseado, más aún cuando, por alguna razón, la clase política parece tener mucha prisa por resolver el caso. Cuántos fiambres caerán y quién es el responsable de sus muertes es algo que tendremos que esperar para saber.

Personajes: Manolo

manolo

Manolo. Ese hombre. Estará presente en la novela desde la primera escena, pero ¿quién es realmente? Manolo es ese personaje que irá apareciendo regularmente cada vez que a Perales le entre hambre, sed o, de no darse ninguna de las anteriores circunstancias —raro—, ganas de discutir con alguien. Es ese amigo incondicional a quien puedes ir a chinchar sin demasiado miedo a que te mande a hacer puñetas porque sabes que es un buenazo al que no le durará mucho el enfado, si es que llega a enfadarse. Pero a Manolo le están tocando las narices hasta el punto de hacer dudar a Perales de lo bondadoso de su naturaleza. De todos es sabido que un bonachón cabreado es potencialmente más destructivo que cualquiera de sus congéneres: la bomba atómica de las reacciones humanas, y así de difícil se lo están poniendo a nuestro supercamarero para no explotar. Tras años y años trabajando en Las Torres como empleado para poder acabar pagando el traspaso después de aterrizar en Barcelona desde su Galicia natal, se encuentra con que la situación a la que se enfrentó su familia en aquella época no dista mucho de la que le toca sufrir ahora. Después de tanto trabajo. De tanto sufrimiento. Y para nada. O casi. Eso cabrea a cualquiera, así que Manolo no está para muchas tonterías. Aun así, de natural buenazo, intentará apoyar a Perales en su pequeña gran batalla contra las grasas saturadas, aunque éste no se lo ponga fácil y acabe tensando demasiado la cuerda en más de una ocasión. Y las cuerdas, todos lo sabemos, tienen una resistencia limitada. Como todos.

 

Localizaciones: Puerto Olímpico de Barcelona

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La última vez que di señales de vida os contaba que ya tenía terminado el primer borrador, en el que «sólo» tenía que decidir si descartaba o no algunos personajes, acabar de pulir cositas y poco más. Pues no. Finalmente hice más modificaciones de las que tenía en mente, y no hablo sólo de cuestiones formales y algún que otro detallito sin demasiada importancia: he puesto la novela patas arriba, me he cargado escenas, he creado otras nuevas, he incorporado personajes, he desestimado algunos de los que ya aparecían y he cambiado el final. Perales sufrirá, de resultas de todo ello, bastante más que en la primera versión; so sorry, José Luis.

Algunas cosas se mantienen, sin embargo; las maltrechas víctimas de este prolífico asesino aparecerán en los mismos lugares que en el primer borrador, así que aprovecho que eso sigue en su sitio —y, en principio, no debería cambiar— para ampliar el mapa de localizaciones que abrimos con el primer escenario del crimen. El segundo, el que os traigo hoy con su respectivo muerto en remojo, estaba ya más o menos descrito en la primera versión, pero, aprovechando que el otro día la vida me llevó al punto exacto en el que el segundo fiambre hace su aparición —qué cosas, ¿eh?—, freí a fotos el lugar para poder describirlo con más exactitud y escogí el barquichuelo que me pareció más adecuado para los hechos (que me perdone el dueño de este yatecito, pero en su cubierta se ha producido un crimen, oiga —o no, quién sabe—). Me ha apetecido más compartir con vosotros la embarcación en sí en vez de la descripción del puerto propiamente dicha, por ningún motivo en concreto, porque sí, y es que la vida hay que vivirla así, a lo loco, así que aquí la tenéis. Podéis verla sobre el mapa clicando aquí.

No era un barco que destacara lo más mínimo entre sus vecinos, no era especialmente grande, especialmente nuevo ni especialmente bonito. Comparado con los que descansaban amarrados en la parte final del muelle era poco menos que un barquito de chichinabo, con una sola cubierta ocupada casi en su totalidad en la parte de popa por una mesa con capacidad para cinco o seis personas bien avenidas, junto a ella, una puerta acristalada de tres hojas daba acceso a un interior que tampoco se presumía especialmente espacioso. La cubierta de proa no era visible desde mi posición, así que subí a bordo […]. Dejé atrás la pequeña zodiac que soportaba la primera plataforma a la que había saltado y de la que a punto había estado de caer al agua y, tras cuatro estrechos escalones, me planté junto a aquella mesa en la que podía imaginar sin mucho esfuerzo a una ideal familia […] disfrutando de sus ideales jornadas marineras con sus ideales amigos de su mismo perfil. Allí no había nada que llamara mi atención, así que recorrí el estrecho pasadizo de estribor que comunicaba aquella zona con la cubierta de proa. Miré a mi alrededor: nada digno de atención. Bajé la vista a la superficie del agua: cualquier cosa que hubiera habido allí, si es que la había habido, aparte del remojado cadáver del señor que acabábamos de encontrar, había desaparecido.

Localizaciones: Parlament de Catalunya

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Retomo el blog de Tensando la cuerda y, para celebrarlo, os doy un notición: ya tengo listo el primer borrador (sí, aquel que me había propuesto terminar en noviembre, sic). Falta ampliar tramas secundarias, decidir si me cargo o no a algunos personajes -metafóricamente, quiero decir: acabar de desarrollar algunos a los que en un principio pensaba dar más peso o, por el contrario, eliminarlos- y ponerlo «en bonito», ya que, ahora mismo, todo lo que hay es provisional. Pese a ello, os voy a dar un adelanto sobre una de las primeras escenas de la novela. Tal y como ya hice con Las pesquisas de un cadáver amnésico, mi intención es iros contando algunas cositas sobre el contenido del libro y el proceso de escritura, como localizaciones o, puede, algún que otro personaje.

Hoy os cuelgo el mapa de localizaciones y os muestro la primera de ellas: el parque de La Ciutadella, en el que se encuentran el Parlament de Catalunya y el zoo, además del primer muerto de la historia, que no se hace esperar y asoma a las pocas páginas de comenzar la lectura. Sobre él no os voy a decir sino que aparece ahí, sentadito, entre los dos setos que separan la fuente del Parlament. Ah, y que está muy sucio, por lo menos por fuera. Y que, si te fijas, tampoco es lo que parece a primera vista. Lo demás, si me permitís, me lo guardo para otro día. Aquí os dejo su aparición estelar. Podéis ver el mapa completo de localizaciones siguiendo este enlace; ahora está un poco pelado, ya que sólo aparece este escenario, pero iré actualizándolo a medida que os vaya hablando sobre el resto de ellos (haciendo clic sobre la flecha en el mapa veréis la foto del lugar).

El ciudadano en cuestión nos esperaba en el Parque de la Ciutadella. Para variar no lo habían encontrado en algún lugar recóndito, oculto entre los arbustos bajo los que algún desafortunado niño hubiera ido a perder su pelota, con su consiguiente trauma infantil y el respectivo aleluya exclamado para desgracia de la conciencia de ser humano de algún psicólogo en dificultades económicas. El mundo era así: la alegría de unos se basaba en la desgracia de otros. Y así nos iba.

El ciudadano, decía, estaba en medio de la zona acordonada por las cintas de seguridad, rodeado por una multitud de curiosos fotografiándolo sin piedad para enseñarlo a parientes y amigos de todos los rincones del planeta de los que habían venido todos ellos para ir a toparse, fíjate tú, con un muerto que no ofertaba ninguna agencia de viajes: un ciudadano, muerto del todo, en apariencia, sentado en una silla de ruedas en los jardines que había justo enfrente del Parlament de Catalunya, junto a uno de los setos que se alzaban entre el edificio y la fuente. No era algo que se viera todos los días.

El franquisme que no marxa, Lluc Salellas i Vilar

CQTjo9VW8AAUDOb.jpg-largeEl otro día compartía con vosotros esta misma foto, informándoos de aquello en lo que andaba inmersa entonces, la documentación para la novela, que, si bien no es la parte más creativa del proceso, ni la más divertida tampoco, sí es necesaria para hablar con un poco de conocimiento sobre aquello que queramos contar.

Por si queréis saber más sobre este libro, que os recomiendo sinceramente para conocer mejor los últimos años de este país (cuando digo últimos quiero decir los últimos ochenta), seguid este enlace a mi otro blog, en el que os cuento más.

El nuevo Perales

He titulado este post como «el nuevo Perales» aunque, en realidad, quizás debería haberlo hecho como «el auténtico Perales que siempre estuvo ahí pero al que no pudimos conocer tan en profundidad (porque hasta ahora sólo nos habían hablado de él)». Estaréis conmigo entonces, ¿no? Menos es más. Aunque nuestro hombre siga siendo el de siempre, descubriremos a una persona nueva, ya que será él mismo quien nos cuente, de una manera más íntima y cercana, sus vivencias, sus pensamientos, sus sentimientos y, también, cómo lleva esa dieta a la que se ha visto sometido tras sus problemillas de salud; hay que cuidarse. Problemas médicos aparte, sufrirá también, en su propia casa, las consecuencias de la situación económica y social que atravesamos. Ni él ni Manolo se van a librar de ver cómo sus hijos tienen más dificultades de las esperadas para tener un trabajo en condiciones. Entre injusticias sociales, hipocresía y discriminaciones de otros tipos, Perales tendrá que resolver un caso que se presenta complicado mientras intenta que Manolo no acabe de explotar esa vocación justiciera que acaba de descubrir. Crucemos los dedos.

Nueces para el cuerpo

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No me he equivocado; esto es para vosotros.
Espero que os gusten (porque os vais a hartar).